La barca se sacude

25 de julho de 2010

És fácil ver en el episodio de hoy una imagen de las numerosas tempestades que ha tenido que sufrir la comunidad de Jesús a lo largo de los siglos, con vientos realmente contrarios. También las que sufre cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, hasta el punto de que nuestra barca personal también amenaza a veces con irse a pique por las circunstancias contrarias internas o externas.

A la Iglesia se le ha comparado desde siempre con una embarcación: “la barca de Pedro”. Todos sabemos que  ha tenido tempestades fuertes a lo largo de los siglos  y sigue teniéndolas ahora: a veces combatida desde fuera, con vientos fuertes y olas encrespadas, y otras desde a dentro,

con “mar de fondo”. También tenemos la experiencia de que a veces nos vienen a los labios oraciones como la de Pedro: “sálvanos, Señor, que perecemos”.

Ciertamente nuestra travesía por la historia no ha sido no está siendo ahora un crucero de placer. Más bien  sabemos de vientos y de nieblas y de oscuridad de noche y hasta de fantasmas. Cristo nunca nos prometió que no habría tormentas en nuestra vida. Al revés,  nos avisó de persecuciones y peligros de dentro y fuera.

Eso sí: nos prometió que estaría con nosotros hasta el final del mundo. Cristo venía del monte, de pasar la no-che en oración. Como pasó orando la otra noche, dramática, del huerto de Getsemaní, en la que tampoco los apóstoles oraban, porque estaban cargados de sueño. Tanto en las tempestades eclesiales como en las persona-les, hay una gran diferencia: si Cristo no está en nuestra barca, todo parece que va a zozobrar. Si le admitimos a bordo, se amaina el viento y encontramos fuerza para remar y salvar las peores situaciones: “soy yo, no tengan miedo”. A veces se nos echan el mundo encima. O creemos que la Iglesia se hunde. O que Jesús está ausente, o dormido. Si oráramos más, como Jesús en la noche, tendríamos más seguridad y más eficacia en nuestra misión. Oiríamos su voz: “no tengan miedo, soy yo”.

Arzobispo Chrysóstomos

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